No sabría decir qué fue lo que me cautivó en ese momento. En realidad, creo que podría decir que fue su mirada. Para ser honesta, nunca había visto (ni he vuelto a ver) unos ojos así. Tan negros, tan profundos, tan infinitamente misteriosos.

El problema con los misterios infinitos es que nunca terminas de asombrarte. Y eso puede ser tanto bueno, como malo. En mi caso, que estoy llena de curiosidad por descubrir toda la verdad de aquello que me intriga, un misterio infinito resulta gravemente adictivo. Eso fue lo que me pasó con él. Me volví a adicta a esos ojos, a esa sonrisa, a esos cambios de humor tan espontáneos. Yo quería saber. Quería saberlo todo, descubrir la verdad detrás de aquellas palabras que sabía que escondían más. Supongo que me gustó pensar que había mucho más de lo que yo veía, que era mucho más de lo que yo veía.
No estuve tan equivocada, en realidad. Era mucho, mucho más de lo que yo pensaba... pero no de la manera en que me habría gustado. ¿Qué puedo decir? Estaba enamorada de la persona que era conmigo, de su manía por pasarse la mano por el cabello, como si intentara peinarlo. Cómo cruzaba los brazos cuando estaba nervioso o se ponía a la defensiva. Ese brillo en sus ojos que me hacía sentir... especial. Estaba cegada, por completo. Había cosas que no
podía ver como la manera en que trataba a las demás, la complicidad entre las miradas, el miedo en los ojos ajenos. Y había cosas que no
quería ver. Lo descarado de la sonrisa, lo misterioso de la voz... la forma en que actuaba frente a diferentes personas. Yo lo permití, durante mucho tiempo. Dejé que me hablara de cosas que quería creer. Me decía lo quería escuchar. Me mostró la mejor parte de él, y lo que yo creía que era la peor también. Y me seguía pareciendo la persona más admirable que podía haber. Es maravilloso lo que puede hacer un poco de amor ¿no es así?
Bueno... lo que puede hacer tantísimo amor, mejor dicho. No me arrepiento ni por un momento y creo que de tener que repetirlo todo, lo haría exactamente igual.
Somos quienes somos gracias a nuestro pasado. El mío es un rebuscado juego de azar hecho para
perder. Pero gracias a ello soy quien soy, y me siento feliz de serlo.
Lo amaba, no me avergüenzo. Pero desde hoy, decidí dejar todo esto atrás, que es donde debió quedarse... y no me retracto.