Te amaba, cada parte de ti. Todo lo que me hiciste creer que eras, incluso aquellas cosas que me enfadaban, otras tantas que me daban miedo y me partían el corazón, yo aprendí a amar cada faceta que mostrabas. Yo te entendía, yo te justificaba cada una de las veces en que te equivocabas. No era necesario pensármelo mucho cuando me lastimabas, desde el momento en que las hirientes frases salían de tu boca, yo ya te había perdonado. Tuve amor, paciencia y comprensión para ti todo el tiempo, porque aunque no lo admitieras, tu necesitabas eso todo el tiempo. Intenté ser una amiga, intenté ser un apoyo, tu puerto seguro. Y lo fui, aunque nunca lo admitieras. Todo se nos dio en su momento. Tuvimos miles de oportunidades que ninguno de los dos supo aprovechar. Y tal vez fue lo mejor.
¿Debo recordarte como la gama de hermosos sentimientos que me provocaste, o como el frío miedo que me atenazaba las entrañas?
No eran necesarias, ninguna de esas tantas mentiras. Tu ya me tenías, solo debiste haberme pedido cualquier cosa, yo estaba en tus manos. Aunque supongo que debo agradecerte. Contigo aprendí lo que hace una persona enamorada, contigo aprendí a guardar la calma cuando sentía que nada tenía sentido. Tú me hiciste fuerte, es la verdad. Sin ti yo no sería ni remotamente parecida a la persona que soy ahora, y te lo agradezco. Del fondo de mi corazón, te lo agradezco. Por nuestros secretos, por tus mentiras, por mis ilusiones y por el dolor. Muchas gracias por todo. Muchas gracias por tan extraña historia de amor.







