Él no contestó, estaba muy ocupado guardando ropa y artículos de cuidado personal en su maleta.
-Es horrible... lo sientes como una ráfaga de viento, que te hiela la sangre. Después se convierte en calor que te quema justo en la boca del estómago. Hace subir tu temperatura. A pesar de eso, sientes mucho frío. Y el frío sube e invade tu pecho. Los latidos del corazón se vuelven pesados, lentos, pero intensamente fuertes. Un solo latido te hace temer que tengas una costilla rota. Tal es su fuerza...-continuó diciendo
El hombre carraspeó.
-Ya fue suficiente de hacerte la víctima. Si me estoy yendo es por tu maldita culpa. Deberías estar más concentrada pensando en cómo arreglar tu vida, que en decir idioteces-soltó
Ella no dijo nada, tenía la mirada perdida, y aunque pareciera que no lo había escuchado, sí que lo había hecho. Lo miró cerrar la maleta con rabia y tomar un largo, profundo suspiro. Entonces la miró. su expresión era suave a pesar de lo tosco de sus facciones. Tan tranquila era su expresión, que cualquiera lo habría tomado por compasión, pero no. Ella sabía la diferencia a la perfección, eso que reflejaba su rostro era lástima. Si hubiera tenido fuerzas para sentir enojo, lo habría hecho. Pero lo único que pudo hacer ante su mirada, fue mantener sus ojos firmes, sin retirarlos ni siquiera por un momento.
-Lamento mucho todo ésto, pero fue tu culpa que yo ya no pudiera soportar ni un segundo más en ésta casa. Ya encontrarás un hombre que esté dispuesto a soportar este asco de vida-le dijoCuando le dio la espalda ella bajó la mirada.
-Te dejé entrar- susurró
El hombre la miró sin comprender
-Quité todas mis defensas... esas barreras que me tomó años construir, reforzar. Yo te dejé entrar. Decidí mostrarme tal y como era, desnudé mi alma para ti. Te mostré todo, cada parte de mi mente, todos mis miedos... Y ahora... ¿Te irás así? ¿Después de todo?- su voz era tan baja que se escuchaba como si estuviera hablando para sí misma
-Desnudaste tu alma, pero con tu cuerpo me bastaba-se rió con malicia-Escucha, no sé qué clase de problemas tengas, pero no me importan. Tengo una vida que vivir, y no me quedaré a solucionarte la tuya-se colgó la maleta al hombro
Él salió de la habitación dejándola sola. Fue entonces cuando comenzó a llorar de una forma silenciosa, que dolía escuchar el resbalar de las lágrimas por su rostro.
-¿Alguna vez lo has sentido?- preguntó aunque él ya no la escuchaba- Ese momento en que el miedo te invade... y ya no sabes qué hacer-
Lo escuchó cerrar la puerta tras él.
Silencio. De esa clase que te hace preguntarte si hay vida de algún tipo.
Llanto. Inconsolable y callado.
Le tomó 5 minutos levantarse del sofá en el que se había sentado, con las piernas abrazadas. Se levantó y se miró al espejo. Una cara demacrada, húmeda por las lágrimas. La invadió una sensación de odio, de enojo y de rencor. Golpeó el cristal con todas sus fuerzas. Su mano comenzó a sangrar.
Así es ella. Una mezcla confusa de emociones, que oculta dentro de la fortaleza más fuerte jamás creada.
Ella es así. El corazón más suave y lastimado del mundo, que guarda en un cofre impenetrable.
Ella te mirará como si no fueras nada, y si quiere, te hará sentir que no eres nada. Te dirá lo insensible que es y presumirá de ello como si se enorgulleciera. Será fría y cortante con sus palabras y frases. Pero no pierdas la calma, porque ella tiene miedo. Porque solo intenta apartarte.
Si ella te dice que no le importa, con una expresión fría y la mirada impenetrable, es muy probable que lo haga. Así que aguarda, y cuando no menos lo espere, pide perdón. Le sacarás una sonrisa
El truco es hacer lo que ella menos espera, cuando menos lo espera. Para penetrar sus murallas, atacas en los puntos débiles. Hace falta paciencia y perseverancia, pero vale la pena ser merecedor del corazón que esos muros guardan. Romper las defensas no es fácil, pero lo que hay dentro lo vale.