Nunca he soportado el silencio. No tiene que haber ruido, pero al menos debo poder escuchar el incesante rechinar de una puerta, de un ventilador andando. No lo sé, sonidos leves, casi imperceptibles para todos, menos para mi.
Nunca había entendido realmente porqué el silencio me agradaba tan poco, principalmente porque acabo de notarlo hace no mucho. Pero el silencio me hace darme cuenta de ciertas cosas que no quiero aceptar. Y hoy, me doy cuenta de que mi dolor realmente no importa. He pasado mucho tiempo aquí sentada y a nada a mi alrededor parece importarle que mi mundo se haya venido abajo. Me enfurece que el sol se atreva a salir sabiendo que él no estará. Para el mundo en general, él no era nada. A eso quedamos reducidos, eso somos. Somos dolor contenido dentro de un cuerpo y al dejarlo, el dolor entra y vive en la piel de cada uno, creando su nido en un cómodo rincón. Me enfurece ver que anochece y vuelve a amanecer, me lastima ver que para el mundo no somos nada.
Y ahora aquí estoy. En éste extraño mundo que no conozco, del que no me puedo ir porque él me pidió que me quedara... ¿Quién soy yo para no cumplir la última voluntad de
la persona que más amo en el mundo? De nuevo no soy nadie. En realidad, lo que duele es que me aferro a él como mi único escape, porque el resto del mundo se aferra a mi como un capricho desesperado
la persona que más amo en el mundo? De nuevo no soy nadie. En realidad, lo que duele es que me aferro a él como mi único escape, porque el resto del mundo se aferra a mi como un capricho desesperado
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